Buscar tu mejor cuento

sábado, 13 de agosto de 2022

Dar Y Perder La Vida


Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un hospital de Stanford, conocí a una niñita llamada Liz, que sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había sobrevivido a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El doctor explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a donarle sangre. Yo lo vi dudar por un momento antes de tomar un gran suspiro y decir: Sí, lo haré si eso salva a Liz. Mientras la transfusión se hacía, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana, muy sonriente, mientras nosotros los asistíamos y veíamos regresar el color a las mejillas de la niña. De pronto el pequeño se puso pálido y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: ¿A qué hora empezaré a morir? No había comprendido al doctor, pensaba que tendría que darle toda su sangre a su hermana. Y aun así había aceptado.

Moraleja

Da todo por quienes amas. Ama como nunca lo has hecho. No desprecies la amistad de tus amigos. Vive cada día con fe, amor y paz.

Una Broma Del Maestro

Había en un pueblo de la India, un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable, pero a la vez muy extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección.

Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:

–Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles hoy? –No –contestaron. –En ese caso –dijo, –no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.

Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar nuevamente las palabras del santo. El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:

–¿Saben de qué voy a hablarles hoy? –Sí, lo sabemos –repusieron los aldeanos. –Siendo así –dijo el santo, – no tengo nada que decirles, porque ya lo saben. Que paséis una buena noche, amigos.

Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación. No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:

–¿Saben, amigos, de qué voy a hablares hoy? –No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta: –Algunos lo sabemos y otros no. Y el hombre santo dijo: –En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben. Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.

Moraleja

Sin aspereza, pero con firmeza, el ser humano debe hacerse respetar a sí mismo primero para luego por respetar a los demás.

Cargar El Venado

Estaba un hombre a la orilla del camino sentado sobre una piedra, bajo la sombra de un frondoso roble. Se lo veía triste y cabizbajo, casi a punto de llorar. Así lo encontró su compadre y amigo de toda la vida, quien, acongojado al verlo en tal estado, le preguntó el motivo de su angustia. —¡Ay, compadre!, contestó el interpelado, —¡Mi esposa va a acabar conmigo! —No, hombre, más bien dime qué te pasa; a lo mejor te puedo ayudar a encontrar una solución al problema.

El compadre, después de limpiarse los ojos, empezó su relato: —Mira, tú sabes que somos muy pobres y en mi humilde casa la única forma de alimentarnos es con un pedazo de carne que tengo que conseguir cazando en el monte. Me tengo que ir con mi escopeta, pasar varios días de sufrimiento, salvándome de milagro de los peligros, esquivando víboras, al tigre, soportar las picaduras de las garrapatas y mosquitos, y por si esto fuera poco, aguantar cómo me cala hasta los huesos el frío y la soledad de las noches. Luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un venado, todavía tengo que cargarlo y subir la cuesta hasta llegar a mi casa en la loma. No he alcanzado a llegar cuando aparece mi esposa con el cuchillo en la mano empieza a repartir el venado entre vecinos y familiares, que una pierna para Juana, que otra para Leo, que este lomito para mi mamá, que eso para allá, que esto para acá y en menos de una semana ahí va tu tonto amigo otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé!

El compadre, después de meditar un momento, le dio la solución: —Invita a tu mujer a cazar y dale a cargar el venado. —¿¡Qué!? —Sí, sí. Mira, invítala y háblale de lo bonito de los paisajes, del esplendor de las estrellas en las noches, de los manantiales cristalinos, de sus exquisitas aguas, del aire fresco del monte lleno de oxígeno, del dulce canto de los grillos y los pájaros silvestres, en fin. No le hables de las espinas, ni los peligros, ni del frío ni el cansancio. Dile que la invitas a la cacería.

El hombre siguió el consejo. Por supuesto, la convenció. La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el tobillo. Al cruzar el primer espino se le redujo a la mitad porque la prenda quedó desgarrada entre las ramas; la blusa se le rompió; el calzado se destrozó por los difíciles caminos, y las piedras y las espinas la hicieron sangrar. El sol le quemó la piel, el cabello se le maltrató, las manos le quedaron heridas al abrirse paso entre el espeso monte. Incluso, estuvo a punto de sufrir un infarto al encontrarse de frente con una serpiente del bosque. Muerta de hambre, su imagen parecía sacada de un cuento de ultratumba. Por fin, después de tantos martirios, un día encontraron al venado. Ella tuvo que contener el aliento y el hombre, sigiloso, con la astucia y la agilidad de un gato, se acercó a su presa y con la mirada de un lince localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal. ¡Bang! El venado había muerto.

La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.

—Ahora, mi amor, quiero que cargues el venado para que veas lo bonito que se siente, le dijo el hombre masticando cada una de sus palabras. La mujer casi se desmaya ante la desconocida mirada de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su hogar, no tuvo aliento ni para replicar y cargó el venado hasta su casa cruzando veredas y montañas. Agotada, con las piernas adoloridas, jadeando y casi muerta, llegó y depositó el animal en la entrada de su casa. Los niños y sus amiguitos, hijos de los vecinos, salieron a recibir a los papás cazadores y, acostumbrados a la repartición, le dijeron a su mamá con alegría: —Mamá, apúrate a repartir el venado porque la mamá de Pepe ya tiene hambre. ¿Qué pedazo le llevo a mi tía? La señora, sentada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre volteó a ver a los niños y tomando aire hasta por las orejas, les gritó:

—¡Este venado no lo toca nadie! Y tú, Pepe, ve y dile a tu mamá que, si quiere carne, ¡que vaya, cace y me traiga a mí lo que yo tantas veces le he regalado!


Moraleja

Dos personas se constituyen en pareja cuando se cumplen estas condiciones: consideración y respeto.

martes, 9 de agosto de 2022

Pureza De Corazón

Esa es la historia de dos ermitaños que vivían cada uno de ellos en una isla diferente. El ermitaño joven se había hecho muy célebre y gozaba de gran reputación en el pueblo, mientras que el anciano era un ermitaño desconocido. Un día, el anciano tomó una balsa y se desplazó hasta la isla del afamado ermitaño. Le rindió honores y le pidió instrucción espiritual. El joven le entregó un mantra y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición exitosa del mismo. Agradecido, el anciano volvió a tomar la balsa para retornar a su isla, mientras su compañero de búsqueda se sentía muy orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente. El anciano a su vez, se sentía muy feliz con el mantra.

El anciano era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer práctica de lo aprendido.

Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó. Estaba compungido, y dijo:

–Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante. ¿Puedes indicármelo otra vez?

El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra. Lleno de orgullo, se dijo interiormente: “Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Realidad si ni siquiera es capaz de retener un mantra”. Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el anciano partía hacia su isla recitando el mantra y caminando sobre las aguas.

Moraleja

El que en carne propia vive lo aprendido, goza de una pureza de corazón. ¿Qué no puede obtenerse con un corazón limpio?

La Carreta Vacía


Cierta mañana, mi padre me invitó a dar un paseo por el bosque y yo acepté con placer. Se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: –Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas algo más? Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: –Estoy escuchando el ruido de una carreta. –Eso es, dijo mi padre. –Es una carreta vacía. –¿Cómo sabes que está vacía, si aún no lavemos? le pregunté. Y él respondió: –Es muy fácil saber que una carreta está vacía, por causa del ruido.
Cuanto menos cargada está una carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en adulto y aún hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, a una persona inoportuna, que interrumpe la conversación de todo el mundo, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: –Cuanto menos cargada está una carreta, mayor es el ruido que hace. 

sábado, 6 de agosto de 2022

Sé Como Un Muerto

Este era un venerable maestro, que en sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo las enseñanzas de los sabios. El cielo se había teñido de una hermosa tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:

–Querido mío, mi muy querido alumno, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones, comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos. El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. Quebró la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro.

–¿Qué te respondieron los muertos?, preguntó el maestro. –Nada dijeron. –En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos. El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de ofensas contra los muertos. Después de unos minutos, volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:

–¿Qué te han respondido los muertos? –De nuevo nada dijeron –repuso el discípulo. Y el maestro concluyó: –Así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos de unos y a los insultos de los otros.

Moraleja

Quien hoy te halaga, mañana te puede ofender y quien hoy te ofende, mañana te puede halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en ti mismo más allá de unos y de otros.

El Juicio

Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de asesinato. El culpable era una persona muy influyente del reino, y por eso desde el primer momento se procuró hallar un chivo expiatorio para encubrirlo. El hombre fue llevado a juicio y comprendió que tendría escasas oportunidades de escapar a la pena de muerte. El juez, aunque también estaba confabulado, se cuidó de mantener todas las apariencias de un juicio justo. Por eso le dijo al acusado: –Conociendo tu fama de hombre justo, voy a dejar tu suerte en manos de Dios: escribiré en dos papeles separados las palabras 'culpable' e 'inocente'. Tú escogerás, y será la Providencia la que decida tu destino. Por supuesto, el perverso funcionario había preparado dos papeles que decían lo mismo: “Culpable". La víctima, aun sin conocer los detalles, se dio cuenta de que el juicio era una trampa. Cuando el juez lo conminó a tomar uno de los papeles, el hombre respiró profundamente y permaneció en silencio unos segundos con los ojos cerrados. Cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una sonrisa, tomó uno de los papeles, selo metió a la boca y se lo comió rápidamente. Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon: –Pero, ¿qué ha hecho? ¿Ahora cómo diablos vamos a saber el veredicto? Es muy sencillo, replicó el hombre. Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos los designios de Dios. Con refunfuñas y una bronca muy mal disimulada, debieron liberar al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.

Moraleja

Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida, ni de luchar hasta el último momento. En momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. Albert Einstein Hay que ser inteligentes y atentos, mente veloz, anticipar.

jueves, 4 de agosto de 2022

Regalos Que Se Rechazan

Había un profesor estricto y mano dura, pero muy reconocido también por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Un cierto día, al terminar las clases, y mientras organizaba unos documentos en su escritorio, uno de sus alumnos se le acercó y en forma desafiante le dijo: —Profesor!, lo que más me alegra de haber terminado las clases es que no tendré que es-cuchar más sus tonterías y podré dejar de ver su estúpida cara. El alumno estaba erguido y arrogante, esperando que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado. El profesor miró de frente al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó: —Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, ¿lo recibes? El alumno quedó desconcertado por la inesperada pregunta y no pudo más que contestar: —Por supuesto que no, repuso en forma aprensiva y fría. —Bueno —prosiguió el profesor, —cuando alguien intenta ofenderme, o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo que yo puedo decidir aceptar o no aceptar. —No entiendo a qué se refiere —replicó el alumno confundido. —Muy sencillo —dijo el profesor —tú me estás ofreciendo rabia y desprecio; y si yo me siento ofendido, o me pongo furioso, estaré aceptando tus emociones como un regalo. Y yo, mi amigo, en verdad prefiero obsequiarme mi propia serenidad. Enseguida añadió: —Muchacho, tu rabia pasará; pero no trates de dejarla conmigo como si fuera un regalo porque no me interesa guardarla. Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí depende lo que yo cargo en el mío.

La Niña y el Acróbata

Era una niña de ojos grandes como dos lunas, con la sonrisa suave del amanecer. Huérfana siempre desde que tenía memoria, se había asociado a un acróbata con el que recorría, de aquí para allá, los pueblos más hospitalarios de la India. Ambos se habían especializado en un número circense que consistía en que la niña trepaba por una larga soga que el hombre sostenía sobre sus hombros. La prueba no estaba ni mucho menos exenta de peligros. Por eso, el hombre le indicó a la niña:

–Querida amiguita, para evitar que pueda ocurrirnos un accidente, lo mejor será que, mientras hacemos nuestro número, tú estés pendiente de lo que yo estoy haciendo y yo me ocupe de lo que tú estás haciendo. De ese modo no correremos peligro, pequeña.

Pero la niña, clavando sus ojos enormes y expresivos en los de su compañero, replicó: –No, Babu, eso no es lo acertado. Yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de ti, y así, estando cada uno muy pendiente de lo que uno mismo hace, evitaremos cualquier accidente.

Moraleja

Concéntrate en ti y libra tus propias batallas en lugar de meterte en las de otros. Somos dos personas completas que juntas con sus individualidades, forman un todo.

lunes, 1 de agosto de 2022

El Viajero Sediento

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa. Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:

–¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:

–¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

Moraleja

La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

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