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domingo, 11 de septiembre de 2022

Jugando a las Escondidas


Cuentan que una vez se reunieron en la tierra todos los sentimientos y las cualidades de los hombres. Cuando el aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, la locura, como siempre tan loca les propuso: —¡Vamos a jugar a las escondidas! La curiosidad sin poder contenerse preguntó: —¿A las escondidas? ¿Cómo se juega eso? —Es un juego en el que yo me tapo la cara para no ver y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden, y cuando haya terminado de contar, los buscaré y al primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar con el juego. Ante esa apasionante forma de explicar de la locura, el entusiasmo se contagió, secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía, a quien nunca le interesaba algo.

Pero no todos quisieron participar en el juego. La verdad prefirió no esconderse, ¿para qué?... Porque al final siempre la encuentran. La soberbia opinó que era un juego muy tonto, en el fondo lo que realmente le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella. Y la cobardía prefirió no arriesgarse… el pesimismo exclamó: —¡Ay! ¡Qué complicado!, yo, mejor no juego, seguro estoy que a mí me encuentran primero y pierdo. “Uno, dos, tres…” comenzó a contar la locura. La primera en esconderse fue la pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra que encontró en el camino. La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La generosidad, por su parte, casi no lograba esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos, antes que para ella: 

—“¿Qué tal un lago cristalino?” Mmm…, no, eso es ideal para la belleza. ¿Qué tal la rendija de un árbol? Mmm…, tampoco, eso es perfecto para la timidez. ¡Ya sé! me esconderé en una ráfaga del viento…,mmm..., no, eso es magnífico para la libertad. Así, la generosidad terminó por ocultarse en un rayito de Sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio: ventilado, cómodo, pero sólo para él. La mentira se escondió en el fondo de los océanos, mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris. La pasión y el deseo, en el centro de los volcanes, y el olvido, se me olvido.

Cuando la locura contaba 999, el amor aún no encontraba sitio para esconderse pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y decidió esconderse entre sus flores. —“¡Un millón!” contó la locura y comenzó a buscar. La primera que apareció fue la pereza, estaba a tan sólo tres pasos, junto a una piedra. Después encontró a la fe… la escuchó dialogando con Dios acerca de mover montañas. A la pasión y el deseo los sintió vibrar desde el fondo de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo…él solito salió disparado de su escondite que había sido un nido de avispas. De tanto caminar, la lo cura sintió sed y dirigiéndose al lago, descubrió a la belleza y con la duda, resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidirá un de qué lado ocultarse.

Así fue encontrando a todos: al talento entre la hierba fresca, a la angustia en una oscura cueva, a la mentira detrás del arco iris y hasta el olvido que ya se había olvidado que estaba jugando a las escondidas. Sólo el amor no aparecía por ningún lado. L a locura buscó detrás de cada árbol, debajo de cada piedra, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal y comenzó a mover las ramas. De pronto, un doloroso grito se escuchó, ¡las espinas habían herido los ojos del amor! La locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo por toda la eternidad. Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la Tierra, el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

lunes, 25 de julio de 2022

Mi Mamá No Tiene Novio


 

Cuando tenía diez años, y de visita en la casa de mi tío, me divertía al ver a mi prima mayor prepararse mientras esperaba a su novio: toda contenta se peinaba, se perfumaba y se pintaba los labios, se vestía muy guapa y corría de un lado para otro de la casa arreglando todo con detalle para que su amor no encontrara desorden alguno. Entonces llegaba el novio oliendo a perfume, y cuando se miraban… ¡Ufff!, parecía que flotaran en el aire, se abrazaban con ternura y ella le servía algo de tomar junto con las galletas que le había preparado durante la tarde. Además, él gozaba con todo lo que ella le había cocinado con esmero para cenar. Luego se sentaban a platicar por horas, después de lograr que nosotros, los primitos, desapareciéramos de la sala. Ellos se escuchaban el uno al otro sin perder detalle, ni soltarse de sus manos, hasta que al novio no le quedaba más remedio que despedirse cuando mi tío empezaba a rondar por el pasillo. Uno de esos días le pregunté a mi mamá:

—¿Cómo se llama tu novio?

—¡Mi novio es tu papá! —me respondió muy sonriente.

—No mami, ¡en serio…!

Pero ella insistió, y así quedaron las cosas. Me quedé pensando en esa respuesta y empecé a preguntarme: ¿Cómo va a ser mi papá el novio de mi mamá? Primero: él nunca llega con un ramo de flores, ni con chocolates; si le da un regalo a mi mamá es por su cumpleaños y por navidad, pero nunca he visto que el novio de mi prima le regale una licuadora, o le da dinero para que se compre algo. Además, mamá nunca pone cara de Blanca Nieves cuando papá llega del trabajo, ni él sonríe como un príncipe azul cuando la mira. Mi mamá no corre a arreglarse el peinado, ni a pintarse los labios al escuchar la llave en la puerta cuando mi papá llega: apenas lo mira para decir “hola”.

El saludo de mi papá, en vez de “hola mi vida”, era “hola, ¡qué día!” y de inmediato se ponía la peor vestimenta para estar cómodo. En lugar de “¿qué quieres para cenar?”, mi mamá le preguntaba, ansiosa: “Qué, ¿quieres cenar?”; y cuando pensaba que papá le iba a decir “qué bonita te ves hoy”, más bien le preguntaba “¿viste dónde quedó el control de la televisión?”.

Los novios se dicen cosas románticas como «¡cuánto te amo!», en vez de «¿fuiste al banco? Mi prima y su novio no podían dejar de mirarse, pero cuando mamá pasaba delante de papá, él inclina la cabeza para no perder detalle de lo que veía en la tele. A veces, papá le daba por detrás un abrazo sorpresa a mi mamá, pero ella se zafaba diciendo que estaba de afán. Mis padres solo se daban la mano cuando en misa el sacerdote decía: «Dense fraternalmente la paz. La verdad es que mi mamá no tiene novio y mi papá no tiene novia. Qué aburrido… ¡solo son esposos!


Moraleja

Ninguna novedad, ninguna iniciativa, se pierde la ilusión. Cuando la rutina se abren paso en la relación.

viernes, 24 de junio de 2022

Los Cien Días Del Plebeyo

 



Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, esclavos y bueyes. Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riquezas que el amor. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo: –Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. La princesa, sorprendida y conmovida por semejante gesto de amor, acepta y le dice: –Tendrás tu oportunidad: si pasas esa prueba, me desposarás. Así pasaron las horas y los días. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real se movía para que la princesa pueda ver y con una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos. Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y felicidad, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se fue muy lentamente del lugar donde había permanecido cien días. Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa: –¿Qué te ocurrió? ¿estabas a un paso de lograr tu meta, porque perdiste esa oportunidad, porqué te retiraste? Con profunda consternación y con lágrimas mal disimuladas, el plebeyo contestó en voz baja: la princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni si quiera una manta me dio, ni una palabra de aliento. No merecía mi amor.

martes, 9 de enero de 2018

La Historia de los Clavos

Dice que había una vez un niño de 9 años que tenía un humor terrible era malcriado, no hacía la tarea, robaba, mentía, pateaba y el papá realmente no sabía qué hacer con él Hasta que un día va a la iglesia y le pide consejo al cura, este le dice que compre una bolsa de clavos. 
—Lo crucificaré? Dijo el papá, no hijo mío, solo le enseñarás una lección. Entonces el papá fue a la ferretería compró, los clavos compró un martillo y llamó a su hijo.
Y le dijo" Mira hijo vos realmente eres inaguantable, no limpias, no haces las tareas, mientes y te peleas con tus vecinos,  mirá, cada vez que te portes mal Vas a clavar un clavo en la puerta de tu cuarto aquí tienes la bolsa aquí tienes el martillo. 
—Bueno, dice el niño con cierto desgano.
Al día siguiente el niño va con el papá y le dice: papá ayer clave 187 clavos Osea que se había portado mal 187 veces, el papá lo miró sorprendido y triste, y le dijo: Bueno ni modo. Pasaron dos días y el niño va con el papá y le dice: papá ayer clave 95 clavos, pasaron cuatro días y el niño le dice: papá papá ayer clave 50 clavos. Y fueron pasando los días hasta que llegó el día en el que el niño va corriendo con el papá y le dice: Papi te cuento ayer no clave ningún clavo. Osea que todo el día se había portado bien y papá contento le dice: muy bien hijo Te felicito mira ahora cada vez que te portes bien, cada vez que hagas caso que hagas la tarea, qué tiendas tu cama, vas a sacar un clavo de la puerta de tu cuarto. 
—Buenos papi, le respondió el niño y se fue contento, estaba medio motivado con el ejercicio.
Fueron pasando los días, el niño se fue portando bien Hasta que llegó el día Donde el hijo va y le cuenta a papá: papi Te cuento ya he sacado todos los clavos de la puerta, —muy bien hijo realmente hiciste un excelente trabajo, ahora vamos a ver tu puerta. Llegan hasta su puerta y la puerta estaba clavada, desclavada, rajada, partida de tanto clavar clavos y el papá le dice al hijo: "hijo mira, esa puerta esa puerta es como el corazón de las personas está lleno de heridas vos puedes lanzar un insulto, lo que es clavar un clavo, te puedes arrepentir y pedir disculpas, lo que es sacar un clavo, pero el hueco sigue ahí. Para evitar los problemas y dañarte a vos y a la gente es mejor callar y no decir nada"

Historia del Hombre Enamorado


Había una vez una pareja de enamorados que se amaba con locura, el hombre que estaba muy enamorado pero había un problema, estaban separados por un lago muy grande, inmenso, no solo eso, sino que pertenecían a países diferentes, de un lado  del lago era un país y del otro lado era otro país, no solo eso, sino que ambos países estaban en guerra y el lago era patrullado día y noche por soldados que derribaban cualquier cosa que flote sobre el lago, no solo eso, sino que el lago estaba lleno de pirañas asesinas, no solos eso, sino que era un lago casi congelado con un agua muy fría.
Y noche tras noche este hombre enamorado, se sumergía en ese lago nadando y zambulléndose por más de 3 horas, solo para ver por un momento a su amada, cuando este hombre al fin ponía los pies al otro lado de la orilla, llegaba cansado, extenuado, agotadísimo, al borde de la hipotermia y el congelamiento y por si fuera poco, canchoneado por un montón de pirañas, la mujer al verlo jadeando, sin energías, agotadísimo, se a cerca y le dice: cuchi cuchi, de verdad me quieres?
Esas palabras se clavaban en el pecho del hombre y esa era la raíz de la tragedia, el esfuerzo de nadar 3 horas, el agua congelada, la pirañas, los soldados, significaban poco para esa mujer. 
Lo que para ella era realmente importante eran solo 3 palabras que necesitaba escuchar: “si te quiero”. 

Moraleja 

Así es la mujer, necesita que todos los días se les diga que la quieres, que se les extraña, que se les valora, que se las ama y que te acordaste de ella, a pesar de las dificultades. 

Ella Vale 9 Canoas


Dos marineros amigos, Jacques y Henri, trabajaban en un buque carguero por el mundo, y andaban todo el tiempo juntos. Cada vez que llegaban a un puerto, bajaban a tierra a beber y a conquistar chicas. Un día desembarcaron a una isla del Pacífico, en la Polinesia Francesa, y fueron al pueblo a divertirse.
En el camino se cruzaron con una muchacha que estaba lavando ropa en un pequeño arroyo. Jacques se detiene a conversar con ella. Le hace preguntas sobre la isla, sobre las costumbres de la gente, se interesa en saber más de ella como persona, lo que quiere hacer en la vida, lo que piensan sus padres de los forasteros y muchas otras curiosidades de ese tenor. La chica lo escucha con atención y va respondiendo con firmeza e inteligencia, y con cierta timidez, las preguntas de Jacques. La charla dura un largo rato.
Henri se queda al margen de la conversación, pero al notar que esa mujer no es nada del otro mundo, le dice a su amigo que no pierda el tiempo, que debe haber chicas más bellas en el pueblo. Sin embargo, el otro insiste en continuar el diálogo y así se va casi toda la tarde.
La mujer ha aceptado la charla de Jacques sin dejar de hacer sus tareas con la ropa hasta que, finalmente, le dice al marinero que las tradiciones del lugar le impiden hablar demasiado tiempo con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella. Dado el caso, entonces debe hablar primero con su padre, quien es el jefe del pueblo.
Jacques acepta y le dice:
Está bien. Llévame ante tu padre. Si es así, ¡quiero casarme contigo!

El amigo, cuando escucha esto, no lo puede creer y le dice a Jacques:
—¿Por qué te metes en problemas? Hay un montón de mujeres más lindas en el pueblo. ¿Para qué tomar una decisión tan precipitada?
—No es una broma Henri. Me ha interesado mucho esta muchacha, es inteligente y fina; me quiero casar con ella. Espero ver a su padre para pedir su mano.
Y sin escuchar a su amigo, Jacques siguió a la mujer al encuentro con el jefe de la aldea. El marinero le expone ampliamente sus deseos, mientras el jefe de la tribu lo escucha con cuidado. Enseguida le manifiesta que en esa aldea la costumbre era pagar una dote por la mujer elegida para casarse. Le dice que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las cualidades de cada una de ellas: por las más hermosas y más jóvenes se debían pagar nueve canoas, y como él tenía otras hijas no tan hermosas y jóvenes, pero excelentes cuidando los niños y cocinando, esas valían siete canoas; y así iba disminuyendo el valor de la dote de acuerdo con los atributos de cada una.
El marino le explica que había elegido a la chica que vio lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa hija, por no ser de las más agraciadas, le valdría solo tres canoas.
Está bien —respondió Jacques—, me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve canoas.
El padre de la mujer, al escucharlo, le dijo:
Usted no entiende. La mujer que eligió cuesta tres canoas, mis otras hijas, más jóvenes y bellas, cuestan nueve canoas.
—Entiendo muy bien —respondió nuevamente Jacques—. Me quedo con la chica que elegí, pero pago por ella las nueve canoas.
Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece un chiflado, aceptó y de inmediato comenzaron los preparativos para la boda lo antes posible. Henri no lo podía creer y pensó que Jacques había enloquecido de repente, que se había enfermado de algo, o que se había contagiado de un raro delirio tropical. Pero finalmente, el hombre se casó con la mujer nativa, su amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente Henri partió en el barco, dejando en esa isla a su compañero de toda la vida.
El tiempo pasó y Henri siempre se preguntaba por la suerte de su amigo en aquella isla lejana. Hasta que un día, años después, el itinerario de un viaje lo llevó al mismo puerto donde se había despedido de él. Ansioso por saber qué le había sucedido, saltó al muelle y comenzó a caminar hacia el pueblo.
En el camino se cruzó con un grupo de gente que venía marchando por la playa, llevando en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos entonaban canciones, obsequiaban flores a la mujer y ésta los retribuía con pétalos y guirnaldas. Henri creyó que estaban en fiestas, pasó de largo y prosiguió en busca de su amigo.
Cuando se encontró con Jacques se abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo. El marinero no paraba de preguntar: ¿Y cómo estás? ¿Te acostumbraste a vivir aquí? ¿Te gusta esta vida? ¿No quieres volver? Finalmente, se atrevió a preguntarle:
—¿Y cómo está tu esposa?
Al escucharlo, su amigo Jacques le respondió:
Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festeja su cumpleaños.
Henri, al recordar a la mujer poco agraciada que años atrás habían encontrado, le preguntó si se había separado y tenía una nueva esposa más bella.
No. Es la misma muchacha que encontramos lavando ropa años atrás.
—¡Pero cómo! La que vi en la playa es muchísimo más hermosa, femenina y agradable, ¿cómo puede ser?, preguntó el marinero.
—Muy sencillo —respondió Jacques—: me pidieron de dote tres canoas por ella, y ella misma creía que valía solo tres canoas. Pero yo pagué por ella más canoas, la traté y la consideré siempre como una mujer de nueve canoas. La amé y la amo como a alguien de esa valía y ella se ha transformado en una mujer de nueve canoas.

lunes, 8 de enero de 2018

El Conjuro de los Indios Xioux


Cuenta una antigua leyenda de dos indios Sioux que una vez fueron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu. Toro Sentado, uno de los guerreros más jóvenes y valientes de la tribu, fue en compañía de Nube Azul, la hija del jefe de la tribu y una de las mujeres más hacendosas y hermosas de la tribu. Ella consideraba que ya estaba lista para casarse porque ya había aprendido a cocinar, a limpiar y era muy buena con los niños. 
—Nos amamos —dijo el joven.
—Estamos locamente enamorados y  nos vamos a casar. 
—Nos queremos tanto y no queremos que nada nos separe: te pedimos que nos des un hechizo, un conjuro, o un talismán; algo que nos garantice estar siempre juntos, algo que nos asegure permanecer uno al lado del otro hasta el final de nuestros días. ¿Hay algo que podamos o debamos hacer?
—Hay algo, contestó el viejo brujo, pero es una tarea muy difícil y muy pocas parejas lo consiguen hacer porque requiere mucho sacrificio. Necesito dos ingredientes para mi conjuro: Nube Azul, deberás ir hacia la montaña del trueno al norte de nuestra aldea. Deberás escalar sola hasta la cima de la montaña, ahí habita una de las águilas más feroces y hermosas del mundo y sin más armas que una soga y tus manos, la atraparás y traerás aquí con vida antes de la luna llena, ¿comprendiste?
—Y Toro Sentado, tu deberás ir a lo profundo del monte donde habitan los halcones ahí tienen sus nidos y solamente con tus manos y con una red deberás atrapar al halcón más grande y fuerte y traerlo ante mí, vivo y sin heridas el mismo día en que regrese Nube Azul. ¡Vayan ahora!
Los jóvenes se abrazaron con ternura, se despidieron y luego partieron a cumplir las misiones encomendadas, ella hacia el norte y él hacia el sur. Les costó mucho y vivieron muchas aventuras para poder atrapar las aves pero lo hicieron. El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas.
El viejo sabio les pidió que, con mucho cuidado, las sacaran de las bolsas. Eran verdaderamente unos hermosos ejemplares.
—¿Y ahora, qué hacemos? —Preguntó el joven—. Les sacarás sus plumas y harás un collar de amuleto de amor para nosotros?
—No —dijo el viejo.
—¿Nos beberemos su sangre y haremos un ritual? —inquirió la muchacha.
—No —repitió el viejo. Harán lo que les digo: saquen las aves de las bolsas y busquen la cuerda más dura que encuentren amárrenlas entre sí, una por la pata izquierda y la otra por la pata derecha. Cuando lo hayan hecho, suéltenlas y dejen que ellas vuelen libres. El tiempo que las aves permanezcan unidas será el tiempo que ustedes permanecerán unidos.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía, fueron afuera y soltaron las aves. Tanto el águila como el halcón comenzaron a volar juntos pero pronto se enredaron en la cuerda y cayeron al suelo, cada vez que lo intentaban sucedía lo mismo. Después has aves comenzaron a pelear entre sí porque por culpa de la otra ave no podía volar así que trataban de deshacerse del otro a picotazos. El viejo dijo:
—Como este es el consejo que me piden, jamás olviden lo que han visto, a ustedes les pasará lo mismo que las aves: ustedes son como un águila y un halcón. Si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no solo serán incapaces de volar sino que vivirán arrastrándose y además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro. Si quieren que el amor les perdure —remató el anciano—, vuelen juntos, pero jamás vuelen amarrados.

El Jorobado


Había una vez un hombre que no era guapo, era petizo, y era un poco gordito, pero sobre todo tenía una horrible joroba. Un día visitó a uno de sus clientes que tenía una hermosa hija llamada María. El jorobado se enamoró perdidamente de ella, pero a María le incomodaba un poquito su apariencia deforme.
Cuando llegó el momento de despedirse. El jorobado se llenó de valor y subió por las escaleras hasta el cuarto de María para tener una última oportunidad de hablar con ella. Era una visión de belleza celestial, pero lo entristecía profundamente su negativa a mirarlo. Después de varios intentos de conversar con ella, le preguntó tímidamente: ¿Crees en el destino?—Sí —respondió ella, todavía mirando al suelo, creo que los matrimonios se crean en el cielo ¿Y tú? Claro que sí —contestó ella- en el cielo, cada vez que un niño nace, el Señor anuncia con qué niña se va a casar. Cuando yo nací, me fue señalada mi futura esposa. Entonces el Señor añadió: “Pero tu esposa será jorobada.” Justo en ese momento dije: ¡Oh, Señor!, una mujer jorobada será una tragedia. Por favor, Señor, dame a mí la joroba y permite que ella sea hermosa”. Entonces María levantó la mirada para contemplar los ojos del jorobado y un hondo recuerdo la conmovió, lo agarró de la mano y más adelante se convirtió en su devota esposa.

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