Buscar tu mejor cuento

Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos sobre Metas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos sobre Metas. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de enero de 2018

El jardín de los Narcisos


Claudia, mi hija, quien vive en otro país, me había insistido varias veces diciéndome:

Mami, algún día tienes que venir en primavera para ver los narcisos antes de que se acaben, es todo un espectáculo.

Yo quería ir, pero vivía tan lejos y los pasajes eran tan caros.

Iré muy pronto —le prometí cierto día cuando llamó por décimo cuarta vez.

Un día finalmente pude ahorrar y darme tiempo para hacer el viaje. Cuando llegué yo pensaba que me iba a decir lo mucho que me extrañó y que estaba muy contenta de que yo haya hecho ese sacrificio para ir a verla, pero lo primero que me dijo fue "vamos a ver esos narcisos de los que te hable"

 Pero hija, contame como estas, como está tu marido? Y me dijo:

—Bueno, pero primero vamos a ver los narcisos. Es muy cerca, mamá, nunca te perdonarías haberte perdido esta experiencia.
Caminamos por unos 20 minutos y llegamos hasta un letrero que decía: «Jardín de los Narcisos». Caminamos unos minutos más hasta llegar a la cima de una colina y delante de mí estaba la vista más gloriosa de un campo de flores.

Parecía una enorme mar de oro derramada desde la cumbre de una colina y sus laderas. Las flores estaban sembradas en diferentes diseños de grandes franjas de varios colores: anaranjado, amarillo rojo, verde. Cada variedad de diferente tono estaba plantada en grupos, de tal manera que ondulaban como un solo río, con su propio y único color. Había unas dos hectáreas y media de flores.
—¿Quién hizo esto? —le pregunté a mi hija. ¿la alcaldía, la gobernación, una empresa privada?
—No, Una sola mujer nada más. Vive en aquella casa chiquita.
Caminamos un poco y en el patio nos entrevistamos con la anciana. De inmediato nos puso al corriente:
Sé que se estarán haciendo varias preguntas. La primera de ellas es que en ese terreno que acaban de ver hay sembrados más o menos cuarenta mil bulbos que, desde 1980, yo misma, con mis manos, he cultivado uno por uno hasta que tuve la satisfacción de verlos florecer en primavera. Y después de eso, en muchas primaveras más.
Miré a mi hija quien me sonreía como loca. Y luego pensé en esta mujer quien, por casi cuarenta años, había empezado a traer un bulbo cada vez a esta colina. Plantándolos año tras año, había cambiado para siempre el paisaje y el espacio en que se movía. Y nos había dado a todos los extraños que hemos estado allí, bajo el cielo, el deleite de ver la más asombrosa muestra de colores que yo había conocido en mi vida.
El Jardín de los Narcisos me enseñó que uno de los grandes principios de la vida consiste en aprender a movernos hacia nuestras metas y deseos avanzando un paso cada vez.
Cuando multiplicamos nuestro tiempo libre con pequeños incrementos de esfuerzo diario, encontraremos que podemos realizar cosas magníficas. Podemos cambiar nuestra vida y de paso, dar satisfacciones a los demás.
De cierto modo esto me pone triste —le dije a mi hija. ¿Qué habría logrado yo si hubiese comenzado una meta maravillosa hace unos treinta y cinco o cuarenta años, y hubiese trabajado esa meta a través de todos esos años? ¡Nada más piensa en lo que yo hubiera realizado!
La anciana me dijo una frase directa y sencilla que nunca olvidaré en mi vida, me dijo: Empieza mañana. Yo comencé a los 50 años. 
La verdad es que nunca es tarde para arrancar

Llenen sus Vidas



Un experto estaba dando una conferencia a un grupo de profesionales. Para dejar en claro cierto punto, utilizó un ejemplo que aquellos profesionales jamás olvidaron. Parado frente al auditorio de esa gente tan exitosa, dijo:
Quisiera hacerles un «pequeño examen». De abajo de la mesa sacó un jarro de vidrio, dt boca ancha, y lo puso sobre la mesa frente a él. Luego sacó una docena de piedras del tamaño de un puño y empezó a colocarlas una por una en el jarro. Cuando el jarro de vidrio estaba lleno hasta el tope y no podía colocar más piedras, preguntó al auditorio:
—¿Está lleno este jarro?
Todos los asistentes al unísono dijeron: ¡! Entonces, dijo:
—¿Están seguros?
Y enseguida sacó de abajo de la mesa un balde con piedras más pequeñas. Echó un puñado de esos guijarros en el recipiente y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomodaran en el espacio vado entre las grandes. Cuando hubo hecho esto, preguntó de nuevo:
—¿Está lleno este jarro?
Como esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría, uno de los asistentes dijo en voz alta: «Probablemente, no».
—Muy bien.
Sacó el expositor de debajo de la mesa un balde lleno de arena y empezó a echarlo en el jarro. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas. Una vez más preguntó al grupo:
¿Está lleno el jarro?
Esta vez varias personas respondieron en coro: ¡No!
—¡Muy bien!
Luego sacó una vasija llena de agua y la echó al jarro hasta llenarlo. Cuando terminó el procedimiento, miró hacia el auditorio y preguntó:
¿Cuál creen ustedes que es la enseñanza de esta pequeña demostración?
Uno de los espectadores levantó la mano y dijo:
La enseñanza es que no importa qué tan lleno esté tu horario, si de verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas…
—No —replicó el expositor—, esa no es la gran lección; la verdad de esta demostración es que si no colocas las piedras grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento. Debes anteponer siempre tus mayores prioridades, luego, en los espacios vacíos podrás colocar otros objetivos más pequeños.

lunes, 8 de enero de 2018

Perdido en las Montañas


Hubo una vez un piloto llamado Enrich Riguner que se perdió con su avión y se estrelló en la cordillera de los andes, caminó en línea recta durante 3 días en medio de un frio glacial, temperaturas no sé cuánto bajo cero, después de caminar 3 días finalmente cayo de cara en la nieve completamente exausto, aprovechó ese respiro inesperado, esa pausa y comprendió que si no se incorporaba de inmediato no lo iba a hacer nunca más, pero agotado hasta la médula no tenía fuerza ni las ganas de seguir, prefería la idea de una muerte dulce tranquila e indolora, solo tenía que dormirse y ya, no se iba a despertar, mientras su cabeza daba vueltas y pensaba, ya se había despedido de su esposa y su hijo, en su corazón había sentido ese amor puro por ellos, sin rencor y bondadoso, después surgió en él un pensamiento de que si no encontraban su cuerpo, su esposa no podría cobrar su seguro de vida en 5 o 10 años, cómo iban a sobrevivir? Se preguntaba, entonces levantó la cabeza, abrió los ojos y vio una roca grande a unos 100 metros de donde se encontraba y pensó que si se arrastraba hasta ese lugar su cuerpo iba a ser un poco más visible y seria encontrado más rápidamente, por amor a los suyos se levantó y comenzó a caminar, pero cuando se levantó y comenzó a caminar ya estaba poseído por esa idea y ese amor y no se detuvo y esos 100 metros se convirtieron en 10 kilómetros, caminó hasta que alcanzó un pueblo, logró sobrevivir, ningún animal en el mundo hubiera hecho lo que él hizo, que hizo? Se dio un motivo una pequeña razón le dio fuerza para continuar, para vivir. Una sola palabra de aliento, una idea, una imagen pueden hacer la diferencia.

las más vistas