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viernes, 9 de septiembre de 2022

Un Gran Concurso


Un día los animales de la selva decidieron iniciar un particular concurso, ya que pretendían determinar que animal era el que tenía la mejor voz para el canto, en el cual se anotaron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte. Guiados por el sabio búho, quien había aprendido en la ciudad de Atenas, todas las normas de una elección, así se decretó que el concurso se definiría por el voto secreto y universal de todos los concursantes, donde no estaba permitido votar por sí mismo y así serían de esta manera su propio jurado.

Así fue, todos los animales, incluido el hombre, pasaron al estrado y cantaron recibiendo un intenso y acalorado aplauso de la audiencia. Luego anotaron su voto en un papelito y lo colocaron doblado en una gran urna. El primer voto, hermanos, es para nuestro amigo, ¡el burro! Dijo el búho. Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos. Segundo voto: ¡burro! Tercero... ¡burro! Los concursantes comenzaron a mirarse, sorprendidos al principio, acusadoramente después y, por último, cuando proseguían apareciendo votos para el burro, cada vez más culposos y avergonzados de sus propios votos. Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del burro. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantores. Y así sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por “libre elección” del “imparcial” jurado, que el horrible canto del burro era el ganador: La mejor voz de la selva y alrededores.

El búho explicó después lo sucedido: cada concursante considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos calificado de los concursantes: aquél que no podía representar amenaza alguna a su propia proclamación. La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro que nada tenía para perder y votó sinceramente por la calandria y el del hombre que (cuando no) votó por sí mismo.

sábado, 13 de agosto de 2022

Cargar El Venado

Estaba un hombre a la orilla del camino sentado sobre una piedra, bajo la sombra de un frondoso roble. Se lo veía triste y cabizbajo, casi a punto de llorar. Así lo encontró su compadre y amigo de toda la vida, quien, acongojado al verlo en tal estado, le preguntó el motivo de su angustia. —¡Ay, compadre!, contestó el interpelado, —¡Mi esposa va a acabar conmigo! —No, hombre, más bien dime qué te pasa; a lo mejor te puedo ayudar a encontrar una solución al problema.

El compadre, después de limpiarse los ojos, empezó su relato: —Mira, tú sabes que somos muy pobres y en mi humilde casa la única forma de alimentarnos es con un pedazo de carne que tengo que conseguir cazando en el monte. Me tengo que ir con mi escopeta, pasar varios días de sufrimiento, salvándome de milagro de los peligros, esquivando víboras, al tigre, soportar las picaduras de las garrapatas y mosquitos, y por si esto fuera poco, aguantar cómo me cala hasta los huesos el frío y la soledad de las noches. Luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un venado, todavía tengo que cargarlo y subir la cuesta hasta llegar a mi casa en la loma. No he alcanzado a llegar cuando aparece mi esposa con el cuchillo en la mano empieza a repartir el venado entre vecinos y familiares, que una pierna para Juana, que otra para Leo, que este lomito para mi mamá, que eso para allá, que esto para acá y en menos de una semana ahí va tu tonto amigo otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé!

El compadre, después de meditar un momento, le dio la solución: —Invita a tu mujer a cazar y dale a cargar el venado. —¿¡Qué!? —Sí, sí. Mira, invítala y háblale de lo bonito de los paisajes, del esplendor de las estrellas en las noches, de los manantiales cristalinos, de sus exquisitas aguas, del aire fresco del monte lleno de oxígeno, del dulce canto de los grillos y los pájaros silvestres, en fin. No le hables de las espinas, ni los peligros, ni del frío ni el cansancio. Dile que la invitas a la cacería.

El hombre siguió el consejo. Por supuesto, la convenció. La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el tobillo. Al cruzar el primer espino se le redujo a la mitad porque la prenda quedó desgarrada entre las ramas; la blusa se le rompió; el calzado se destrozó por los difíciles caminos, y las piedras y las espinas la hicieron sangrar. El sol le quemó la piel, el cabello se le maltrató, las manos le quedaron heridas al abrirse paso entre el espeso monte. Incluso, estuvo a punto de sufrir un infarto al encontrarse de frente con una serpiente del bosque. Muerta de hambre, su imagen parecía sacada de un cuento de ultratumba. Por fin, después de tantos martirios, un día encontraron al venado. Ella tuvo que contener el aliento y el hombre, sigiloso, con la astucia y la agilidad de un gato, se acercó a su presa y con la mirada de un lince localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal. ¡Bang! El venado había muerto.

La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.

—Ahora, mi amor, quiero que cargues el venado para que veas lo bonito que se siente, le dijo el hombre masticando cada una de sus palabras. La mujer casi se desmaya ante la desconocida mirada de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su hogar, no tuvo aliento ni para replicar y cargó el venado hasta su casa cruzando veredas y montañas. Agotada, con las piernas adoloridas, jadeando y casi muerta, llegó y depositó el animal en la entrada de su casa. Los niños y sus amiguitos, hijos de los vecinos, salieron a recibir a los papás cazadores y, acostumbrados a la repartición, le dijeron a su mamá con alegría: —Mamá, apúrate a repartir el venado porque la mamá de Pepe ya tiene hambre. ¿Qué pedazo le llevo a mi tía? La señora, sentada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre volteó a ver a los niños y tomando aire hasta por las orejas, les gritó:

—¡Este venado no lo toca nadie! Y tú, Pepe, ve y dile a tu mamá que, si quiere carne, ¡que vaya, cace y me traiga a mí lo que yo tantas veces le he regalado!


Moraleja

Dos personas se constituyen en pareja cuando se cumplen estas condiciones: consideración y respeto.

sábado, 30 de julio de 2022

El Árbol De Manzanas

Este era un árbol de manzanas imponente, al cual un niño amaba mucho. Todos los días jugaba a su alrededor, trepaba hasta el tope, comía sus frutos y tomaba la siesta bajo su sombra. El árbol también lo quería mucho, pero pasó el tiempo, el niño creció y no volvió a jugar alrededor del árbol. Un día regresó y escuchó que este le decía con cierta tristeza: ¿Vienes a jugar conmigo? Pero el muchacho contestó: Ya no soy el niño de antes que juega alrededor de los árboles. Ahora quiero tener juguetes, y necesito dinero para comprarlos. Lo siento, dijo el árbol. No tengo dinero, pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas; así podrás comprar todos los juguetes que quieras. El muchacho tomó las manzanas, obtuvo el dinero y se sintió feliz. También el árbol fue feliz, pero el muchacho no volvió. Tiempo después, cuando regresó, el árbol le preguntó: ¿Vienes a jugar conmigo? No tengo tiempo para jugar; debo trabajar para mi familia y necesito una casa para mi esposa y para mis hijos. ¿Puedes ayudarme?, Lo siento, contestó el árbol. No tengo una casa, pero puedes cortar mis ramas y construir tu casa. El hombre cortó todas las ramas del árbol, que se sintió feliz, y no volvió. Cierto día de un cálido verano, regresó. El árbol estaba encantado. ¿Vienes a jugar conmigo? le preguntó. Me siento triste, estoy volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar, ¿puedes dármelo? El árbol contestó: Usa mi tronco para construir uno; así podrás navegar y serás feliz. El hombre cortó el tronco, construyó su bote y se fue a navegar por un largo tiempo. Regresó después de muchos años y el árbol le dijo: Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni una manzana, ni siquiera una simple sombra. El hombre replicó: No tengo dientes para morder ni fuerzas para escalar, ya estoy viejo. Entonces el árbol, llorando, le dijo: Realmente no puedo darte nada. Lo único que me queda son mis raíces muertas. Y el hombre contestó: No necesito mucho ahora, sólo un lugar para reposar. Estoy cansado después de tantos años...Bueno dijo el árbol, las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa. El hombre se sentó junto al árbol y este, alegre y risueño, dejó caer algunas lágrimas de felicidad.

Moraleja

La historia de la vida, de niños, amamos a nuestros padres y jugamos con ellos. Cuando crecemos los dejamos solos; regresamos a ellos cuando los necesitamos, o cuando estamos en problemas. No importa lo que sea, siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. El muchacho puede ser cruel con el árbol, pero ¿no es así como tratamos a veces a nuestros padres?

jueves, 11 de enero de 2018

El Chivo y la Zorra en el Pozo


Hubo una vez una zorra que buscando comida cayó en un profundo pozo, viéndose obligada a quedar adentro por no poder alcanzar la orilla.
—Voy a morir en este pozo, nadie sabe que estoy aquí, decía la zorra.
Llegó más tarde al mismo pozo un chivo sediento, y viendo a la zorra le preguntó si el agua era buena. Ella, ocultando su verdadero problema, se deshizo en elogios para el agua, afirmando que era excelente, e invitó al chivo a descender y probarla donde ella estaba.
Sin más pensarlo saltó el chivo al pozo, y después de saciar su sed dijo: Si realmente muy rica el agua era justo lo que me hacía falta, pero ¿cómo haremos para salir de aqui?
Dijo entonces la zorra:
—Muy fácil, apoya tus patas delanteras contra la pared y alza bien arriba tus cuernos; luego yo subiré por tu cuerpo y una vez afuera, tiraré de ti.
Le creyó el chivo y así lo hizo con buen gusto, y la zorra trepando hábilmente por la espalda y los cuernos de su compañero, alcanzó a salir del pozo, luego dijo:
— chau chivito.
alejándose de la orilla al instante, sin cumplir con lo prometido.
Cuando el chivo le reclamó la violación de su convenio, se volvió la zorra y le dijo:
—¡Oye socio, si tuvieras tanta inteligencia como pelos en tu barba, no hubieras bajado sin pensar antes de cómo salir después!.

Moraleja 

Piensen dos veces antes de hacer las cosas, no te dejes seducir por lo primero que veas o escuches, van a sonar lindas al primer vistazo, ahora piénsenlo por segunda vez.

lunes, 8 de enero de 2018

La Serpiente y la Luciérnaga

Cuentan que una serpiente empezó a perseguir desesperadamente a una luciérnaga. Ésta huía rápido, con miedo de la feroz depredadora, pero la serpiente no pensaba cesar en su intento. Se evadió un día pero el reptil no desistía, dos noches y nada; en el tercer día, y ya sin fuerzas, la luciérnaga se detuvo y dijo a la serpiente: —¿Puedo hacerte tres preguntas? —No acostumbro a hacer concesiones a nadie, pero, como te voy a devorar, puedes preguntarme. —¿Pertenezco a tu cadena alimenticia? —No. Respondió la serpiente —¿Yo te hice algún mal? —No. Respondió la serpiente —Entonces, ¿por qué quieres comerme? La serpiente respondió: ¡Porque no soporto verte brillar!

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