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jueves, 11 de enero de 2018

El Verdadero Valor del Anillo


Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.
Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro? ¿Qué puedo hacer para ser alguien importante?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
– ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después… Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. -Esta bien dijo el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. 
Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado (más de cien personas) salió abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.
Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
– ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar, llegó hasta el pueblo. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
– ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven. 
– Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Las personas no saben lo mucho que vales y te van a tratar como si no valieras nada, van a decir que no sirves, porque la gente no sabe, las personas no te conocen.

lunes, 8 de enero de 2018

El Jorobado


Había una vez un hombre que no era guapo, era petizo, y era un poco gordito, pero sobre todo tenía una horrible joroba. Un día visitó a uno de sus clientes que tenía una hermosa hija llamada María. El jorobado se enamoró perdidamente de ella, pero a María le incomodaba un poquito su apariencia deforme.
Cuando llegó el momento de despedirse. El jorobado se llenó de valor y subió por las escaleras hasta el cuarto de María para tener una última oportunidad de hablar con ella. Era una visión de belleza celestial, pero lo entristecía profundamente su negativa a mirarlo. Después de varios intentos de conversar con ella, le preguntó tímidamente: ¿Crees en el destino?—Sí —respondió ella, todavía mirando al suelo, creo que los matrimonios se crean en el cielo ¿Y tú? Claro que sí —contestó ella- en el cielo, cada vez que un niño nace, el Señor anuncia con qué niña se va a casar. Cuando yo nací, me fue señalada mi futura esposa. Entonces el Señor añadió: “Pero tu esposa será jorobada.” Justo en ese momento dije: ¡Oh, Señor!, una mujer jorobada será una tragedia. Por favor, Señor, dame a mí la joroba y permite que ella sea hermosa”. Entonces María levantó la mirada para contemplar los ojos del jorobado y un hondo recuerdo la conmovió, lo agarró de la mano y más adelante se convirtió en su devota esposa.

El Niño Negro

Dice que una vez durante las vacaciones, en un hermoso parque, muy concurrido y repleto de niños jugando, Destacaba un vendedor vestido como payasito para llamar la atención y sosteniendo en su mano derecha globos multicolores, los tenía rojos, azules, de rayas y de todos tamaños. Cada vez que la clientela escaseaba, hábilmente soltaba un globo y éste se elevaba hasta perderse en el las nubes. Muy cerca del vendedor estaba un niño negro que emocionado contemplaba el hermoso espectáculo de los globos que se elevaban, y desaparecían en lo más alto de los cielos, pero el niño también reflexionaba y no resistiendo más, se acercó al vendedor y le preguntó: señor honorable payasito: ¿si tuvieras un globo de color negro como yo y lo soltaras, también se elevaría?, a lo que el vendedor le contestó: mira hijo, los globos se elevan por lo que llevan dentro, no por su color.

Moraleja:

Esta historia nos sirve para reflexionar sobre la discriminación y la autoestima porque para ser felices no depende de cuestiones externas y de apariencias físicas, si no depende de cómo nos sintamos por dentro y de cómo seamos por dentro lo que yo soy por dentro es lo que yo proyecto hacia fuera.

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